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El comentario de Jesús Ortega
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En la mitología griega, el laberinto de Creta no era solo una construcción alto compleja: también representaba un desafío. En su centro habitaba el Minotauro, una figura que simbolizaba el riesgo que enfrentaban quienes ingresaban en sus pasillos. Teseo comprendió que no bastaba con avanzar con cautela; para salir con vida debía enfrentar el desafío central y conservar el hilo de Ariadna.
Utilizo este mito, para ejemplificar lo que sucede con la presidenta de México Claudia Sheinbaum que “gobierna” hoy atrapada en un entramado político, un verdadero laberinto, que le fue construido por la misma fuerza política que la llevó al poder. Cuenta con la Presidencia, legitimidad electoral y un amplio control institucional; sin embargo, no necesariamente tiene control pleno sobre el movimiento político que heredó. Su principal reto no parece ser la falta de poder formal, sino la presencia de estructuras informales que influyen en las decisiones públicas: lealtades internas, acuerdos no explícitos, operadores políticos y grupos que responden más al centro histórico de la 4T que a la autoridad presidencial.
Ese es el desafío central. No se trata de una sola persona ni de una facción específica, sino de una red política heredada del lopezobradorismo que puede limitar sus márgenes de acción. Es una estructura que surgió para conquistar el gobierno y que ahora podría condicionar a quien busca ejercerlo. Sheinbaum puede nombrar, instruir y administrar; lo que aún debe demostrar es si puede actuar con autonomía frente a esa estructura de poder.
La presión de Donald Trump ha colocado este dilema en el centro de la discusión pública. Desde Washington se insiste en que México debe combatir con mayor decisión a los cárteles y reducir los espacios de ambigüedad entre crimen, política y territorio. Sheinbaum responde con énfasis en la defensa de la soberanía, con datos oficiales de seguridad y con la decisión de no reaccionar a cada declaración del presidente estadounidense. Sin embargo, detrás del intercambio diplomático persiste una pregunta relevante: ¿hasta dónde puede avanzar la presidenta sin afectar intereses internos que forman parte del funcionamiento político de la 4T?
El dilema es brutal. Si enfrenta a esas redes de poder que se encuentran bajo sospecha, desafiará, inevitablemente, al legado político de López Obrador, al santuario simbólico del movimiento y a los grupos que aún administran cuotas de influencia en nombre de la lealtad. Si no lo hace, quedará expuesta ante una presión estadounidense que puede escalar de la retórica al condicionamiento económico, comercial y de seguridad. En un extremo, la espera el choque interno; en el otro, la confrontación externa.
El laberinto de Sheinbaum no está hecho de piedra, sino de subordinaciones. Sus muros son las complicidades que no se nombran, los expedientes que no avanzan, los gobernadores intocables, los operadores protegidos, los silencios que se disfrazan de prudencia y las concesiones que se justifican como unidad. Cada pasillo de su laberinto conduce al mismo centro: la imposibilidad de ejercer plenamente el poder sin desafiar a quienes ayudaron a construirlo.
Ahí está la diferencia con Teseo, el cual comprendió que no había salida posible sin confrontar al Minotauro; no fingió que el monstruo era parte del paisaje, no esperó a que algun diós se compadeciera para guiarle a la salida del laberinto sin toparse con el mounstruo. Lo enfrentó, lo venció, y siguiendo el hilo de Ariadna, encontró el camino de regreso. Sheinbaum, en cambio, parece querer administrar el laberinto sin entrar al centro, conservar el hilo sin usarlo y evitar al minotauro sin admitir, nunca, que el monstruo existe.
Su hilo estrategico no significa estridencia, tampoco de un deslinde teatral, pero sí la construcción de una autonomía verdadera y el levantamiento de la autoridad propia: Se necesita una Presidencia capaz de distinguir entre continuidad y sometimiento, entre proyecto político y complicidad, entre defensa de la soberanía y tolerancia frente a poderes ilegítimos. Pero ese hilo solo sirve si se toma con decisión. En el laberinto, dudar demasiado también es una forma de perderse.
La gran pregunta no es la que se hace continuamente Trump, pues México sí puede construir un régimen democrático y ello ya se demostró; pero la pregunta que si esta en el aire es si la presidenta es capaz de someter al centro del poder que se reparte entre lealtades heredadas, las fuerzas ilegitimas e inconstitucionales y los personajes que desafían la autoridad presidencial desde dentro del propio movimiento. Si la presidenta no fuese capaz, el Palacio Nacional será menos una sede de mando que una sala más del laberinto.
Sheinbaum tiene frente a sí una decisión que definirá su sexenio: enfrentar al Minotauro o seguir caminando alrededor de él. Lo primero implica riesgo, ruptura y costo político. Lo segundo puede parecer prudente, pero tiene un precio mayor: quedar atrapada para siempre en el laberinto que heredó. En la política, como en el mito del laberinto de Creta, la cautela no puede confundirse con destino.
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