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El análisis de Carlos López-Jones
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En las Copas Mundiales de Fútbol de 1970 y 1986, México se paró de cabeza sin importar si pertenecías al PRI o a los partidos de oposición, si tenías dinero o vivías al día. La selección jugaba y el país era uno solo: una misma voz, una sola bandera, desbordantes de emoción. Los partidos eran lo más valioso, pero también la oportunidad de mostrar la mejor cara a los turistas, de hacer de México el mejor anfitrión del mundo. El futbol, que no necesita cuna ni apellido, nos pertenecía a todos.
El Mundial de 2026 es otra cosa. Es una fiesta de ricos en casa ajena. México es sede, pero nosotros, el pueblo, no fuimos invitados.
Los boletos para la primera ronda cuestan más que una entrada a la NFL o a la NBA en Estados Unidos. Para el trabajador mexicano, para el que vive de lo que gana cada día, son simplemente inalcanzables. El precio deja fuera del estadio a cualquiera que no sea rico.
El gobierno, que tanto presume estar con el pueblo, brilló por su ausencia. La presidenta Sheinbaum no asistirá a la inauguración. No hubo obras de infraestructura pública en la Ciudad de México, a pesar de que desde hace años se sabía que el torneo vendría.
Hace ocho años, cuando Sheinbaum gobernaba la capital, ya se veía ese desdén: el Gran Premio de Fórmula Uno estuvo a punto de cancelarse por falta de apoyo del gobierno local, y lo mismo ocurrió con el partido de la NFL en el Estadio Azteca. El patrón no es nuevo.
Los pronósticos estimaban que llegarían cinco millones de turistas a México. Todo apunta a que serán menos de un millón. Cientos de miles de boletos siguen sin venderse. El gran espectáculo quedó en promesa.
Mientras tanto, en Estados Unidos se crearon más de 300,000 empleos en dos meses gracias al torneo. En México, en mayo, se perdieron más de 20,000. El contraste lo dice todo.
La Cuarta Transformación aprendió que repartiendo dinero, aunque sea poco, se compran votos. Lo que no entiende es que la gente también necesita algo más: un motivo para gritar, para abrazar al desconocido de junto, para sentir que pertenece a algo grande. Eso no se transfiere con una tarjeta.
Subsidiar boletos para que los mexicanos de a pie pudieran entrar al estadio, como entraron nuestros padres y abuelos en el 70 y en el 86, habría costado una fracción de lo que se gasta en publicidad oficial. Negociar la señal abierta para que cada fonda, cantina y taquería del país pudiera ver los partidos compartiendo una cerveza y gritando goles no habría costado casi nada.
El Mundial era la oportunidad de oro para convocar a la unión, para dejar los problemas a un lado aunque fuera por un mes, para fortalecer la identidad nacional desde lo más simple y lo más poderoso: un balón y veintidós jugadores.
Y de paso, los mexicanos habrían podido sentirse orgullosos, una vez más, de ser los mejores anfitriones del mundo, con independencia del resultado de la Selección.
No se aprovechó. El Mundial de 2026 pasará a la historia como la fiesta que México organizó, desdeñada por el protagonismo gubernamental, y a la que el pueblo no pudo entrar.
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Sobre el autor
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- Carlos López-Jones, es Director de Consultoría Empresarial en Tendencias Económicas y Financieras
- Columnista, conferencista y colaborador en radio y TV en temas especializados de economía y finanzas
- En El Podcast de Carlos López Jones en Spotify y en Apple Podcast El PodCast de Carlos López Jones
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