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El comentario de Jesús Ortega
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Hay frases que entran en la vida pública con el prestigio de una sentencia y terminan funcionando como una barrera para el pensamiento. Una de ellas es la convocatoria, tan frecuente en discursos políticos y querellas ideológicas, a colocarnos “del lado correcto de la historia”.
La expresión parece noble: promete autoridad moral, visión de futuro y una pertenencia por la eternidad al bando de los justos. Pero precisamente por eso conviene desconfiar de ella. Detrás de su solemnidad suele esconderse una simplificación peligrosa: la creencia de que la historia posee un veredicto moral ya escrito en piedra y que basta invocarlo para tener razón.
Esa forma de hablar a la historia, traslada al terreno político una antigua estructura religiosa. Quien se proclama estar del lado correcto de la historia no se limita a defender una posición: se coloca en el lugar del elegido, del intérprete, de los mesías, de los autorizados por la superioridad.
El adversario, por tanto, deja de ser alguien con quien se discute y se convierte en alguien a quien se condena. Ya no hay diferencias legítimas, sino desviaciones; ya no hay debate, sino una liturgia de absolución y culpa.
Cuando esa lógica se impone, la vida pública deja de medirse por sus circunstancias, sus consecuencias y sus responsabilidades concretas. Se convierte en una escena moralizada hasta el extremo, poblada de fieles y herejes, de redentores y culpables, de quienes marchan con la historia y de quienes supuestamente la traicionan. La política, despojada de prudencia y de duda, adopta entonces la forma inquietante de un juicio final secular.
La tentación no pertenece a una sola ideología. Aparece en discursos de jefes de Estado, legisladores, jueces, dirigentes partidistas y movimientos de izquierda como de derecha. Ningún proyecto con ambición de poder renuncia fácilmente a presentarse como representante del bien, de la verdad, y mas aun, como apoderado del destino histórico del pueblo o de la Nación. Y cuando una fuerza política reclama para sí ese monopolio moral, la discrepancia deja de ser una condición de la libertad y empieza a verse como una amenaza.
Por eso la política y la historia deben ser rescatadas de las verdades reveladas, de los dogmas absolutos y de las convicciones que pretenden sustituir el razonamiento por la obediencia.
Me referiré aquí, sobre todo, a la historia. Su estudio exige razón, método, paciencia documental y contraste de fuentes. No debe confundirse con un tribunal moral en el que los historiadores, investidos de jueces, distribuyen absoluciones y condenas para colocar a personajes y acontecimientos en un lado correcto o incorrecto. Cuando se le reduce a ese papel, la historia deja de ser conocimiento y se convierte en coartada.
La historia no tiene lados. No es un tribunal moral ni una avenida trazada de antemano por una divinidad, una ideología o una teoría política que para algunos les resulta indiscutible e irrefutable.
Algunas corrientes, o ciertas lecturas del materialismo histórico marxista, por ejemplo, imaginaron para la humanidad un destino final inevitable. Otras, desde posiciones distintas, anunciaron el triunfo definitivo de un modelo político o económico.
Aunque nos parezcan enfrentadas, comparten una misma tentación: creer que el desenlace ya está escrito y que el presente sólo debe obedecerlo.
Esa tentación se advierte tanto en quienes proclamaron la llegada inevitable del comunismo como en quienes, tras la caída del Muro de Berlín, anunciaron el agotamiento de las alternativas ideológicas frente al capitalismo liberal.
En ambos casos, la historia fue presentada como una marcha necesaria hacia un punto culminante, no como lo que razonablemente es: una realidad abierta, incierta, conflictiva y atravesada por decisiones humanas.
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– El Muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989
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Hacer historia consiste en exponer, documentar e intentar explicar los hechos tal como ocurrieron, o tan cerca de ello como lo permitan las fuentes, el método y la honestidad intelectual.
La historia no califica por sí misma los acontecimientos como buenos o malos, correctos o incorrectos. Esas distinciones pertenecen al juicio ético y político, que debe formularse con criterios explícitos, no con la invocación vaga de una supuesta sentencia histórica. Confundir la exposición de los hechos con un veredicto moral es abrir la puerta a la manipulación.
La idea de que la historia posee una dirección moral intrínseca tiene raíces teológicas. En la tradición judeocristiana, el tiempo no es una simple sucesión de acontecimientos, sino una marcha hacia un fin trascendente.
Hegel secularizó esa arquitectura espiritual concibiendo la historia como el despliegue dialéctico de lo que el identificó como Espíritu: no espíritu en sentido religioso y fantasmal, sino la razón humana y colectiva que, a través de conflictos, contradicciones y superaciones (tesis, antítesis, síntesis) va tomando conciencia de sí misma y de su libertad.
En su visión, cada época encierra una forma de vida, una organización política y una idea de libertad; pero también contiene tensiones internas que terminan por volverla insuficiente.
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– Georg Wilhelm Friedrich Hegel
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De esa contradicción surge una nueva etapa histórica que conserva algo de la anterior, la niega en parte y la eleva a una forma más compleja. A ese movimiento de conservación, negación y superación se le suele llamar dialéctica.
Así, para Hegel, la historia no sería una suma accidental de guerras, imperios y revoluciones, sino el escenario donde la libertad se va revelando progresivamente.
Marx tomó esa estructura y la materializó en la lucha de clases orientada hacia la creación de una nueva sociedad sin clases.
En todas esas versiones, la historia corre el riesgo de dejar de ser un campo de contingencia, tragedia, libertad, necesidad, conflicto y decisiones humanas, para convertirse en un proceso dotado de sentido predeterminado.
Quien se alinea con ese supuesto sentido queda automáticamente legitimado; quien disiente es tratado como obstáculo, rezago o herejía.
Esta visión teológico-moral resulta seductora porque ofrece consuelo y absolución. Si el destino está garantizado por la historia, los costos humanos pueden presentarse como accidentes menores, sacrificios necesarios, daños colaterales o simples “dolores de parto” de un futuro mejor.
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– Karl Marx
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La realidad concreta de los individuos queda subordinada a una promesa abstracta, a una esperanza.
La historia reciente ofrece ejemplos suficientes de cómo el supuesto “lado correcto” cambia con el tiempo, con la información disponible o con las conveniencias de quienes lo invocan:
La Revolución bolchevique de 1917 fue recibida por numerosos intelectuales como una irrupción emancipadora, casi como el amanecer de una justicia que sería universal y que era largamente postergada. Décadas después, la evidencia sobre los crímenes del estalinismo — gulags, purgas, juicios fabricados, expatriaciones y persecución política — obligó a esos y otros intelectuales y pensadores a mirar con menos fervor y más severidad aquella lectura triunfal.
Algo parecido sucedió con la Revolución China y especialmente con la revolución cultural China, que fue presentada y observada inicialmente como un salto hacia una sociedad igualitaria, pero que en realidad produjo violencia, persecución, caos institucional y millones de víctimas bajo el amparo de una promesa redentora.
Así mismo ocurrió con la Revolución cubana. Para muchos de sus defensores iniciales — entre los que me contaba — representó una epopeya heroica, el relato romántico de un pueblo que tomaba en sus manos su destino y que era capaz de enfrentar al gigante imperialista.
Aún tomando en cuenta las enormes dificultades que ha encarado ( agresiones militares, bloqueos económicos ) un análisis riguroso de sus consecuencias muestra represión política, pérdida de libertades y derechos humanos, estancamiento económico, éxodo masivo y una profunda tragedia social.
Hay, además, episodios en los que la invocación de una causa superior permitió vestir de necesidad histórica lo que no era sino destrucción humana:
Las matanzas de la Primera Guerra Mundial fueron defendidas como sacrificios indispensables en nombre de la civilización, el progreso o la integridad nacional, aunque en sus trincheras se desangrara una generación entera.
Las dictaduras latinoamericanas y africanas de los años setenta y ochenta fueron justificadas por algunos sectores como un mal necesario para combatir al “enemigo interno” o para preservar un supuesto orden occidental, y eso significaba, para ciertos líderes civiles y militares “encontrarse en el lado correcto de la historia”.
Esos mismos, ahora, habiendo pasado algunas décadas, en donde decenas de miles de personas fueron desaparecidas, torturadas, asesinadas, encarceladas, esos liderazgos han sido y están siendo señalados como criminales de lesa humanidad.
En todos estos casos, la narrativa del “lado correcto” sirvió para cubrir con un lenguaje de grandeza lo que muchas veces era violencia, ceguera o fanatismo. Su función no fue tratar de comprender la historia, sino ponerla al servicio de una causa.
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La historia no juzga
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La labor del historiador, como señaló Leopold von Ranke, consiste en mostrar “cómo sucedieron realmente las cosas”. Esa aspiración no exige una neutralidad imposible ni una inocencia metodológica, pero sí una disciplina intelectual: examinar evidencias, contrastar fuentes, reconstruir contextos y resistir la tentación de convertir el pasado en una absolución o en una condena preparada de antemano.
Las valoraciones éticas corresponden a cada generación, pero deben hacerse con criterios explícitos: respeto a la dignidad humana, libertad, Estado de derecho, igualdad jurídica, vida digna y consecuencias reales sobre las personas. Lo que no debe hacerse es invocar un veredicto ya dictado por la “Historia” con mayúscula para clausurar la deliberación pública y dispensarse del trabajo más difícil: pensar.
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– Leopold von Ranke
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En la discusión contemporánea, acusar al adversario de estar “del lado incorrecto de la historia” se ha convertido en un recurso retórico cómodo y autoritario. No refuta argumentos, no contrasta datos, no responde objeciones: simplemente descalifica. Al hacerlo, transforma la política en una cruzada y empobrece la conversación pública hasta reducirla a una división elemental entre virtuosos y culpables.
La historia no tiene favoritos: tiene hechos, contextos, causas y consecuencias. Respetarla exige estudiarla sin maquillarla ni ponerla de rodillas ante la conveniencia ideológica.
Solo así puede ayudarnos a aprender de los errores, reconocer responsabilidades y defender, aquí y ahora, las condiciones que hacen posible una vida digna y libre. No necesitamos obedecer a un supuesto destino final; necesitamos pensar con rigor, actuar con responsabilidad y desconfiar de quienes hablan en nombre de la historia como si ella, desde algún tribunal invisible, hubiera dictado ya su sentencia.
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Portada del libro 1984 de George Orwell
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Bibliografía
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• G. W. F. Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.
• Karl Marx y Friedrich Engels. La ideología alemana.
• Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre.
• Leopold von Ranke, escritos historiográficos y debates sobre wie es eigentlich gewesen.
• Robert Conquest, El Gran Terror.
• Yongyi Song y estudios sobre la Revolución Cultural china.
• Informes de comisiones de la verdad y trabajos sobre represión estatal en el Cono Sur.
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Jesús Ortega Martínez
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Ingeniero químico y político mexicano, quien ha sido Diputado Federal en tres ocasiones, así como Senador de la República. Diputado Constituyente en la Ciudad de México, ex Presidente Nacional del PRD, opositor al populismo. Socialdemócrata.
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