Nos fuimos un sábado en la mañana y llegamos a un pueblo que se llama Estación Catorce en San Luis Potosí, el atardecer era anaranjado; allí nos recibió un señor que tiene un terreno justo abajo del cerro donde vive el venado azul, el kauyumari; allí, en medio de la zona de desierto con matorrales bajos, tienen una granja de chivos y nos hicieron un espacio para la fogata, un baño en una casuchita y el techo de estrellas para pasar la noche.
Se puso el fuego y se armó el altar y se colocaron los sleeping bags alrededor haciendo un círculo.
En el altar pusimos todo lo que se iba a bendecir, incluidos los peyotes, ya después de hacer el ritual de apertura y contención del espacio, fuimos pasando para recibir nuestra dosis, yo escogí uno mediano, el sabor era demasiado amargo y en ningún punto me hizo sentir mal, lo estuve masticando mientras meditaba, esto era una práctica individual, cada quien en su tema, de vez en vez pasaba Gabriel (el chamán) a revisar y a preguntar y a ver si debíamos hacer algo en particular; todo el rato yo traté de pedirle claridad al peyote y estuve viendo la montaña, yo quería ver al venado bajar, yo quería ver algo, en la oscuridad no se veía nada…
Hicimos ejercicios de soltar, quemamos expectativas, hablamos con el corazón, reconocimos patrones y pedimos al fuego y a la montaña su protección y su guía, al padre cielo y a la madre cósmica su contención, acabamos pronto, dijeron que el tiempo se había doblado y que jamás habían podido hacer tantas cosas en una noche, era temprano, aún no daban las dos.
Regresamos cada quien a su espacio. En lo oscuro se escuchaba un cencerro, a veces lejos, a veces cerca, me daban ganas de ir a ver qué era, ¿era una vaca? ¿un chivo perdido? Se oían caballos caminando en lo oscuro, los coyotes a lo lejos conforme la madrugada avanzaba chirriaban, los demás se fueron durmiendo, se oían allá ronquidos, a mí me daba miedo estar afuera de noche, me sentía sola, un par se pusieron mal y vomitaron, me metí en mi sleeping con mi cobija y lo cerré completo, era una oruga en el piso del desierto…
Me despertó un caballo que caminaba cerca de mi cabeza y ya se oían también las pláticas de los demás junto a la fogata, abrí el cierre y emergí mariposa del amanecer, el sleeping estaba todo empapado del sereno de la madrugada, hacía mucho frío, mi chamán me puso un gorro de dinosaurio, cerramos el ritual, agradecimos al abuelo fuego, pusieron el té a calentar sobre las brasas y pusieron los tamales en el comal, tomamos fotos.
Ya después nos enfilamos al centro de Real de Catorce y caminamos por el pueblo, fuimos por enchiladas potosinas, yo fui a conocer la iglesia, había danzas y muchos turistas, las montañas se veían imponentes. Esa misma tarde regresamos a Ciudad de México.
Yo no sentí nada con el peyote, mis sueños no los recuerdo, pero tenían colores verdes y azules vibrantes, cuando íbamos de regreso vi en un río unos brillos azules, pero de allí en fuera no me pasó más que un leve mareo, pero nunca me había quedado afuera a dormir ni nunca había viajado con gente, me gustó la experiencia.
Por A. Romero




