El comentario de Jesús Ortega… Del conocimiento impreso a la IA: acceso, poder y libertad

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El comentario de Jesús Ortega

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En los últimos años, la inteligencia artificial ha despertado asombro por sus capacidades y entusiasmo por su potencial para ampliar el conocimiento humano; al mismo tiempo, ha generado dudas, incertidumbre y preocupación en sectores muy diversos de la sociedad.

Parte de esta reacción proviene de relatos de ficción conspirativos, catastróficos o apocalípticos que presentan a la IA como una amenaza para la humanidad.

Sin embargo, el fenómeno adquiere otra dimensión cuando se observa con perspectiva histórica: cada movimiento o tecnología que amplía el acceso al conocimiento provoca intentos de prohibirlo, limitar su uso o monopolizar tanto el medio como el saber que produce.

Este ensayo sostiene que la respuesta a la inteligencia artificial no debe ser su restricción generalizada, sino la formación de capacidades para utilizarla de manera ética, crítica y responsable.

La invención de la imprenta, por ejemplo, transformó profundamente la relación entre las personas y los poderes establecidos. Antes de su expansión, los textos eran escasos, costosos, se ocupaban de un número limitado de temas y, por lo general, permanecían bajo la férrea custodia de instituciones religiosas o élites políticas.

La producción de libros a mayor escala permitió que ideas, debates teológicos, avances científicos y argumentos políticos circularan con una velocidad y una amplitud inéditas.

El caso de Lutero ilustra esa transformación: sus tesis, escritas originalmente a mano y en latín, adquirieron una repercusión religiosa y política mucho mayor cuando fueron impresas y distribuidas entre teólogos y lectores comunes.

Algo semejante ocurrió antes con Savonarola: sus sermones provocaron controversia desde el púlpito, pero alcanzaron una difusión más amplia cuando sus simpatizantes los transcribieron y los llevaron a la imprenta.

Ambos casos muestran que la reproducción impresa no solo transmitía ideas, sino que multiplicaba su capacidad para desafiar a las instituciones establecidas.

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La imprenta abrió posibilidades casi ilimitadas para la lectura, la educación y la circulación de ideas entre millones de personas. También favoreció la creación y consolidación de universidades, colegios, academias y foros, y amplió el espacio de la discusión pública.

Esa transformación generó temor entre quienes consideraban que la difusión del conocimiento amenazaba el orden religioso, económico y político establecido.

La reacción de los poderes religiosos y monárquicos fue, en muchos casos, restrictiva. En Europa se establecieron licencias previas, índices de libros prohibidos, confiscaciones y mecanismos de censura contra obras consideradas contrarias a la doctrina religiosa o a la autoridad política.

En determinados contextos, algunas traducciones de la Biblia a lenguas vernáculas fueron restringidas porque permitían que personas ajenas al clero accedieran directamente a textos considerados sagrados.

Lo que estaba en disputa no era solo el libro como objeto material, sino la posibilidad de que cada lector interpretara, comparara y discutiera ideas sin la mediación de una autoridad reconocida.

La quema de libros, la persecución de autores y lectores y la condena de determinadas ideas como heréticas muestran que el acceso al conocimiento ha sido históricamente un terreno de disputa.

No se trataba únicamente de preservar una doctrina; también estaba en juego la capacidad de las instituciones para definir qué debía saberse, quién podía saberlo y bajo qué condiciones.

Controlar la lectura significaba, en buena medida, controlar la interpretación del mundo.

La Ilustración representó otro momento decisivo en esta ampliación del conocimiento. Al defender la razón, la observación, la crítica y la educación como instrumentos de progreso, los pensadores ilustrados cuestionaron la autoridad basada en la fe y en la tradición.

La Enciclopedia de Diderot y d’Alembert fue uno de los proyectos más ambiciosos de este periodo: reunir y organizar el saber de su tiempo para hacerlo comprensible y transmisible.

Su valor no residía únicamente en la acumulación de información, sino en la intención de democratizar el conocimiento y ponerlo al servicio del común de la gente.

Como ocurrió con la imprenta, la Ilustración y, particularmente, la Enciclopedia también enfrentaron censura, prohibiciones y ataques de sectores que las consideraban subversivas.

Algunos autores ilustrados fueron perseguidos, encarcelados, exiliados o señalados como enemigos de la fe y del orden político. Las autoridades comprendían que una obra capaz de explicar ciencias, artes, oficios, filosofía, economía y política podía alterar la distribución del poder intelectual.

Cuando más personas aprenden a preguntar, contrastar y razonar, disminuye la eficacia de la obediencia basada en la ignorancia.

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La imprenta y la Ilustración produjeron transformaciones culturales e intelectuales de gran alcance, especialmente en Europa. La primera amplió la reproducción y circulación de textos; la segunda articuló una crítica a la tradición, el conservadurismo y las formas de autoridad sustentadas en la ignorancia.

En conjunto, ambos procesos modificaron la relación entre conocimiento y poder y constituyeron puntos de inflexión decisivos en la historia de la difusión de las ideas.

La Ilustración cuestionó las bases de la cultura tradicional europea, sustentadas en lo sagrado, la monarquía y la jerarquía. Su impulso secularizador debilitó la legitimidad de instituciones y prácticas como el absolutismo, los privilegios aristocráticos, la subordinación de las mujeres, la autoridad eclesiástica incuestionable y la esclavitud.

Frente a ellas, promovió principios de universalidad, igualdad y democracia, aunque la aplicación histórica de esos principios fue gradual, incompleta y contradictoria.

La comparación histórica no implica que la imprenta, la Ilustración y la inteligencia artificial sean fenómenos equivalentes. Cada uno surgió en condiciones políticas, económicas y tecnológicas distintas.

La analogía permite identificar un patrón más acotado: cuando una herramienta reduce las barreras para producir, organizar o difundir conocimiento, también modifica relaciones de autoridad y provoca disputas sobre quién puede acceder a ese conocimiento, interpretarlo y utilizarlo.

La inteligencia artificial puede representar otro momento decisivo en la ampliación del acceso al conocimiento. Plantea desafíos importantes, pero también ofrece oportunidades antes inimaginables: puede extender el alcance de los procesos educativos y facilitar el análisis de la información acumulada durante siglos.

Sin embargo, estos beneficios no son automáticos. Dependen de que las personas comprendan tanto las capacidades de la IA como sus limitaciones y riesgos, y de que existan condiciones de acceso, formación y supervisión que permitan utilizarla con criterio.

Por ello, restringir de forma generalizada el uso de la inteligencia artificial, especialmente en los espacios educativos, puede reproducir la lógica histórica antes descrita.

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Ante una herramienta capaz de ampliar el acceso al conocimiento y las capacidades humanas, algunas respuestas institucionales privilegian la prohibición en lugar de enseñar a utilizarla con responsabilidad.

Una política adecuada debe distinguir entre los usos que requieren límites específicos y aquellos que pueden incorporarse mediante reglas claras, supervisión y formación crítica.

Los gobiernos, las instituciones educativas y las organizaciones sociales tienen un papel fundamental en este proceso. En lugar de prohibir estas herramientas sin una estrategia clara, deben establecer criterios para su uso ético, exigir transparencia sobre sus alcances, fortalecer la autenticación y la verificación de la información y desarrollar habilidades digitales.

La inteligencia artificial no debe sustituir el pensamiento humano, sino ampliar la capacidad de aprendizaje, análisis y creación cuando se utiliza con objetivos definidos y supervisión adecuada.

La respuesta responsable no consiste en cerrar el acceso, sino en formar criterio y fijar reglas proporcionales a los riesgos de cada uso.

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En conclusión, la historia muestra que los grandes avances en la difusión del conocimiento suelen encontrar resistencia. La imprenta, las traducciones, la Ilustración y la Enciclopedia ampliaron las posibilidades de aprendizaje, pero también enfrentaron la censura de quienes procuraban conservar privilegios intelectuales, religiosos o políticos.

La inteligencia artificial puede analizarse dentro de esa tradición, siempre que se reconozcan las diferencias entre estos procesos históricos.

El reto no consiste en impedir su desarrollo ni en reservarla para unos pocos, sino en crear condiciones para que más personas la utilicen de forma ética, informada y crítica.

El conocimiento permite comprender la realidad, cuestionar decisiones y participar con mayor autonomía: cuando se monopoliza, puede convertirse en un instrumento de dominación; cuando se comparte con responsabilidad, fortalece la capacidad de las personas para pensar, decidir y actuar por sí mismas.

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Jesús Ortega Martínez

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Ingeniero químico y político mexicano, quien ha sido Diputado Federal en tres ocasiones, así como Senador de la República. Diputado Constituyente en la Ciudad de México, ex Presidente Nacional del PRD, opositor al populismo. Socialdemócrata.

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@jesusortegam

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