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El análisis de Carlos López-Jones
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La inflación es el impuesto más cruel que existe, porque destruye con fuerza brutalmente desproporcionada el poder adquisitivo de quienes menos ganan. Mientras las discusiones en las mesas de análisis financiero y en las juntas del Banco de México se centran en si la tasa de referencia debe bajar o si el Estrecho de Ormuz mantendrá el petróleo por las nubes; en las mesas de muchas familias mexicanas de bajos ingresos la discusión es más dolorosa:
¿Qué alimento vamos a dejar de comprar esta semana?
El gran problema de medir la inflación como un promedio general es que oculta una realidad económica fundamental: no todos consumen lo mismo. Para entender la gravedad de la crisis actual, basta con mirar la estructura del gasto en los hogares mexicanos según su nivel de ingreso.
Para el diez por ciento más alto de la población —aquellos con mayores ingresos—, un repunte inflacionario en los alimentos es incómodo, pero rara vez catastrófico. Este sector de la población destina una proporción mucho menor de sus ingresos a la comida y gasta proporcionalmente mucho más en servicios: educación privada, seguros, entretenimiento, telecomunicaciones y turismo.
Como sus ingresos están por encima de sus gastos, si los precios suben, ahorran un poco menos y siguen consumiendo lo mismo que antes.
En el polo opuesto, la realidad duele. Las familias que ganan el salario mínimo o que sobreviven en la economía informal destinan más de la mitad de sus ingresos exclusivamente a la compra de alimentos de acuerdo con la encuesta oficial del INEGI.
Para ellos, el encarecimiento de los productos agropecuarios y de la canasta básica no representa la cancelación de unas vacaciones; significa reducir las porciones en el plato o la eliminación de proteínas en su dieta diaria.
Cuando el jitomate, la cebolla o el pollo registran incrementos de doble dígito debido a sequías, problemas de inseguridad en las carreteras o el encarecimiento global de los fertilizantes por conflictos geopolíticos, el impacto en los hogares con menores recursos es inmediato.
No hay margen de maniobra. No hay servicios prescindibles que se puedan recortar porque apenas se cubren la renta y el transporte público para ir a trabajar. Por esta razón, la narrativa de Palacio Nacional de una inflación bajo control en un rango cercano al 4.5% resulta a veces un insulto para el bolsillo del trabajador promedio.
Para quien vive al día, la inflación real, la que experimenta al acudir al tianguis o al mercado, supera por mucho el dato oficial.
Todo indica que los precios de la comida seguirán altos lo que resta de este año, hay que apretarse el cinturón. Subir el Salario Mínimo por encima de la inflación, provoca alza de costos al productor y en consecuencia que suban los precios.
Es una carrera que no podemos ganar, pero la 4T no lo entiende.
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P. D. Lo que acaba de trascender desde allá para acá: Entre a leer el expediente de quienes son los que Estados Unidos piden sean extraditados de México para Nueva York
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Sobre el autor
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- Carlos López-Jones, es Director de Consultoría Empresarial en Tendencias Económicas y Financieras
- Columnista, conferencista y colaborador en radio y TV en temas especializados de economía y finanzas
- En El Podcast de Carlos López Jones en Spotify y en Apple Podcast El PodCast de Carlos López Jones
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